Ahí aprendí a andar en bicicleta y probablemente también me pelé las rodillas por primera vez. Quedaba tan cerca de mi casa, que mi mamá me dejaba ir solo, para jugar, tirarme en el pasto, dar vueltas y más vueltas en bicicleta y respirar ese aire de barrio que sólo ahí sentía. Ahí una vez vi como un pajarito cuidaba sus huevos en un nido y también vi a muchas mariposas revolotear mientras junto a mis amigos chuteabamos una pelota de plástico.
Era mi parque. Han pasado casi veinte años y sigue estando en el mismo lugar. Hace unos días pasé por ahí; ya no andaba en mi bicicleta de cross que usaba cuando era chico. Pasar por fuera del parque en auto me dio una sensación de nostalgia e hizo devolverme muchos años atrás. Fue un día de invierno, cuando salía de ahí con el “Chavo” mi perrito, que un auto le pasó por encima. Y casi me mató a mi, el estar pensando toda la noche que quizás mi “Chavito” no volvería a casa.