03 octubre, 2007

Si yo fuera Lalo / Lola Padilla

Lalo es todo un galán, encantador y seductor, en resumen, irresistible. Además, es un exitoso creativo de la agencia de publicidad High-Fi. Los hombres quieren ser como él y lo envidian por sus innumerables conquistas, mientras que las mujeres caen rendidas a sus pies. Él las hace sentir únicas y maravillosas. Vive con ellas instantes intensos e inolvidables. Sin embargo, esos momentos no duran para siempre porque Lalo no es hombre de compromisos. El problema es que las mujeres no lo entienden y, en el caso de Romina, ella decide vengarse de él con un terrible hechizo.
Lalo es un caso típico del winner chileno. Ese envidiado por los amigos, que sabe que las cosas le resultan tan simples como hacer un chasquido con sus dedos. Vive rodeado por una manga de hueones aduladores, que más que ser sus amigos, no hacen más que lamerle los pies y alabarlo por sus innumerables éxitos. Con las minas, obvio que le va bien, y eso no merece mayor comentario.
La nueva teleserie del Canal 13 lleva menos de una semana y da que hablar en todos lados. Las mujeres comentan lo regio de Lalo Padilla, a pesar de que no dejan de odiarlo por sus cualidades machistas, que lo hacen ser un vil hijo de puta, en simples palabras. Los hombres... bueno, los hombres no opinan mucho. Para algunos, aun es mal visto comentar de la teleserie. Lola es el sueño de todo transformista, que sueña con convertirse de la noche a la mañana en una mujer regia, estupenda, exitosa, con buen auto, buen puesto en una empresa cool y lo mejor de todo, con una amiga inseparable como Grace. Todo lo que llenaría la vida de cualquier mina del siglo XXI.
Tras ser víctima del hechizo de Romina (una mina a la que le dio amor de una noche), Lalo se transforma en Lola de la noche a la mañana. Ahora tendrá que aprender a vivir en un cuerpo de mujer. ¡Y eso es todo un desafío!
Pero, a pesar de seguir siendo un hombre, no podrá evitar experimentar lo que las mujeres viven, sienten o sufren.
Hoy conversando con unos compañeros de la U, hablábamos de lo que llamamos el “síndrome Lola”. ¿Cómo seríamos si fuésemos minas? La respuesta general, fue que de ser mujeres, seríamos todos re-maracas. En que sentido. En el sentido que todos ustedes piensan. Si, obvio. Aunque más que historias, seriamos poemas, como dice la canción.
Personalmente, no me imagino una vida masculina en cuerpo de mujer. Hoy vi la teleserie. Completa. Debiera haber estado leyendo o preparando un guión, pero preferí relajarme y ver a Lalo / Lola. Suena cuático. Pero si fuera cierto, sería peor de lo que parece. ¿Cómo sería ser un hombre, pensar como hombre, actuar como hombre, mirar como hombre, pero en un cuerpo de mujer? Lo peor, en un cuerpo de mujer rica.
De partida, no soportaría saber que tengo un par de cosas ahí arriba que los hombres -como yo- estarían mirando gran parte del día; menos aun soportaría que algún me invitara a comer, con la idea fija en la cabeza de llevarme más tarde a la cama. Y si eso pareciera poco, a que hombre le agradaría tener que depilarse a cada rato. Bueno, esta claro que a Mauricio Pinilla si le gusta, pero ese es un caso de imitación de Beckham muy especial.
¿Qué me gusta de Lalo / Lola Padilla? Si, obvio que aparte de que tenga buen auto, buen departamento, una pega cool, lo mejor que tiene es una gran amiga como Grace. Uf... A que hombre no le gustaría tener una amiga como la Ingrid Cruz, que te haga masajes, te prepare el jacuzzi y te mire con esos ojos a veces lascivos, a veces llenos de ternura.
Si Lalo Padilla tiene un compromiso de no manchar con sexo esa amistad, creo que el hueón tiene que estar muy loco... tan loco como para aguantar la vida de un hombre en cuerpo de mujer.

01 octubre, 2007

Mi Transantiago querido

Hoy me desperté a las 6:15 a.m. para ir a la Universidad. No es nada del otro mundo, en verdad es demasiado temprano, ya que por lo general me despierto casi a las siete. Pero tenía algunas cosas que hacer así que adelanté un poco el despertador para no andar apurado.
Hasta el año pasado, mi mañana habitual, comenzaba a las 6:15 a.m. Los problemas para tomar esas micros amarillas hacían que de cualquier manera me tuviera que bajar tempranísimo de mi cama. Y si me iba con mi viejo en el auto, la cosa andaba por ahí, porque entre taco y taco, me demoraba casi una hora en llegar a la U.
Entiendo el problema que le ha causado a cientos de miles de personas, el Transantiago. El nuevo sistema de transportes metropolitano, que debutó en febrero de este año, obviamente no ha logrado las maravillas que supuestamente iba a traer para esta maravillosa ciudad. Las personas que antes viajaban poco animadas a trabajar por unas pocas lucas, que a veces ni siquiera alcanzan para el pan de cada día, a partir de febrero además de andar poco animadas, andan enchuchados, apretados, sudorosos, e incluso con el miedo a morir apretado por ahí o atropellado por el metro si a algún hueón se le ocurre ponerse a empujar en el anden del metro. No falta el pelotudo que se manda cagadas de este tipo.
Un ministro ya renunció; el que lo sucedió, ya avisó que si Transantiago no funciona bien de aquí a diciembre, él también se va. Los millones de dólares -que se le han tenido que inyectar a este buen proyecto de pésima aplicación-, corren y corren, mientras los políticos se pelean entre Concertación y la Alianza, y a veces entre Concertación y Concertación. Ah, claro. Algunos otros más relajados, bailan el Koala. No es malo.
Hoy en la mañana, salí a eso de las 7:30 de mi departamento para llegar a clases. En el paradero tuve la mala fortuna (mala cueva decían los otros) de ver pasar tres troncales y un alimentador que ni siquiera hicieron el intento por parar, porque las puertas no tenían como abrir; y si abrían, igual no entraba nadie. Estuve a punto de tomar un colectivo hasta el metro, lo que en verdad no es tan caro para mi. Son $450 más que gastar para poder llegar a la hora a clases. Pero son $450 que no tendrían porqué salir de mi bolsillo si el asunto del Transantiago funcionara como debiese. Ya me imagino si fuera uno más de los millones de santiaguinos trabajadores, o de los cientos de miles que apenas ganan para “parar la olla”... la verdad es que me sería imposible darme el lujito de tomar un colectivo.
Finalmente, casi a las 7:45 recién pasó el alimentador que me llevó hasta el metro. Otro drama arriba de la micro enchulada que trajo la modernidad del Transantiago a mi barrio: una vieja se quejaba de que nadie se apretaba un poquito más para que pudieran subir los que aun miraban con cara de “voy atrasado hueón, correte más atrás...” en el paradero. Y puta que tenia razón la señora. En la parte de atrás iban dos pokemonas mirándose el look de esta mañana en la ventana de la micro. ¿Algo malo? Nada, excepto que el parcito no se daba por enteradas que en la parte de delante de la micro, éramos como 30 hueones que nos apretábamos en un metro cuadrado.
Ya en el metro, el panorama se alivia un poco. Claro, es hora de alta demanda, porque todos los escolares (pokemones y pelolais) están viajando a definir el futuro de Chile. Pero no estamos en el peak probablemente. Ese peak se logra entre 8,15 y 9 a.m., cuando entran la mayoría de las personas a trabajar.
Soy quizás un bicho raro. Pese a lo difícil que estuvo esta mañana llegar a la U, a mi el Transantiago me ha afectado de una buena manera. A diferencia de antes, ahora puedo dormir hasta un poco más tarde. Alrededor de media hora de sueño extra, que en verdad vale mucho la pena. ¿Gasto de dinero? Otra cosa; mientras todos se quejan de que están gastando más plata, yo gasto menos. 130 pesos menos para ir, y otros 130 para volver. 1300 pesos en la semana que me alcanzan perfecto para mi cajetilla semanal de Kent Blue. ¿Comodidad? Si, es cierto que a veces me he sentido un poco incómodo en la micro y en el metro. A veces ni siquiera puedo andar con las manos en los bolsillos, porque no falta la vieja hueona que se jura mina y te puede acusar de correrle mano, cuando lo único que uno quiere hacer es cambiar la canción en el pendrive. Pero en general no me quejo. Ahora puedo viajar sentado mucho más que antes, y eso que a veces me hago las ganas para ceder mi asiento a esos ancianos que andan turisteando por la capital (aprovechando las comodidades del sistema de transportes).
Si tuviera que hacer un reclamo, en verdad no iría directo a los responsables de este asunto, ni al gobierno, ni a los operadores. Iría más bien a los compatriotas usuarios del Transantiago. ¿No les ha tocado que van en la mañana recién despertando, y tienes la mala cueva de que justo al lado tuyo se pare un viejo pasado a ala? Uf, que desagradable. Ojalá se bañaran más seguido algunos, sería una buena forma de colaborar al bienestar de los santiaguinos.
Otra cosa. El chofer ahora no tiene la culpa. Si el hombre anda de malas pulgas o esta cansado y te mira con mala cara, ni siquiera es necesario hacerse problemas. Ya no tienes que pasar por el suplicio de pasarle los 130 pesos al viejo mal oliente, con los pantalones a la rodilla y los Ray-Ban de cuneta. Ahora el operador te saluda de buena manera, y si no te saluda, te puedes hacer el hueón y pasar de largo sin siquiera mirarlo. Total, con la tarjeta BIP! Ya no es necesario andar con las molestas monedas en el bolsillo. ¡Que alivio en verdad!
Sé que soy uno de los pocos que no se quejan del Transantiago, y que por el contrario, le encuentra sus cosas buenas. Sé que si alguien lee esta huevada, más de alguno va a querer putearme y mostrarme lo que pasa en su sector. Sé (lo tengo muy claro) que hay cientos de miles de personas que han visto arruinado su “pseudo-bienestar” después de febrero de este año. Pero la culpa de que el sistema aun no funcione como se planificó no es culpa ni de Zamorano, ni del chofer, ni del viejo mal oliente, ni de la vieja gritona.
Ojalá que de aquí a diciembre este asunto se arregle para que no sea sólo yo el que le encuentre algo bueno a esta huevada. Si no, ya sabemos que el ministro Cortazar va a llevarle unos cuantos buenos saludos de los usuarios a su madre durante la próxima navidad.