Los Prisioneros no son uno de esos grupos que uno los escuche y diga, “guau, que talento que tienen estos tipos”, pues musicalmente, no son ninguna maravilla, y en ese sentido no podríamos situarlos a la altura de grupos realmente grandes como The Beatles o Pink Floyd. Sin embargo, Los Prisioneros tienen otra cosa mágica por así decirlo que los hace grandes entre los grandes de este país.
Sus canciones son éxitos reconocidos por públicos de todas las edades, y su figura aún provoca fervor e idolatría en cierto público, el fiel público de ellos, los jóvenes de los 80. Porque Los Prisioneros lograron a través de sus letras, lo que otros consiguieron a través de un trabajado talento musical.
Mi caso no es el del típico fanático ochenteno, sino algo más extraño. Cuando chico, escuchaba sus canciones en la radio, sin saber mucho ni entender de que se trataba. En medio de una familia de corte conservador – pinochetista, el que el cabro chico revoltoso escuchara a Los Prisioneros, era algo que sólo podían tomar para la risa.
Pero el cabro chico creció, comenzó a definir sus preferencias en muchos sentidos de la vida, y en el aspecto musical, el trío de San Miguel fue uno de los más importantes en esta historia. Con catorce o quince años, ya no era extraño que anduviese todo el día pegado escuchando temas como Sexo, Quien mató a Marylin o La voz de los 80. Y pese a que el grupo se había disuelto hace harto rato, era de los que soñaba con volver a verlos, aunque fuera en Viva el Lunes tocando juntos.
Y el sueño se cumplió en noviembre del 2001. “Parece que tenía que terminar la década de los noventa” bromeó Jorge González. Es un recuerdo que tengo grabado... No fue un día cualquiera. Fue el día en que murió George Harrison. El mismo día en que un sujeto de apellido Miño se quemaba en la Plaza de la Constitución, el mismo al que tiempo después Los Bunkers dedicarían un conocido tema. Una calurosa tarde de viernes, caminando por Pedro de Valdivia junto a la Bárbara. Ya dentro del estadio, sentados en la cancha, esperando largas horas, hasta que puntualmente aparecieron sobre el escenario Jorge, Miguel y Claudio. Después de más de 10 años, juntos otra vez y yo estaba ahí para verlos.
La primera canción que me aprendí de Los Prisioneros se llamaba Paramar, y aquella noche, bajo una luna llena que completaba un perfecto escenario de antorchas, la canté con toda la fuerza de un cabro chico que había soñado muchas veces con ese momento. Es hoy mi canción preferida, que marca el recuerdo de un gran momento, y que me devuelve los recuerdos de un lugar como si fuese ayer... Son Los Prisioneros... es Paramar.
Sus canciones son éxitos reconocidos por públicos de todas las edades, y su figura aún provoca fervor e idolatría en cierto público, el fiel público de ellos, los jóvenes de los 80. Porque Los Prisioneros lograron a través de sus letras, lo que otros consiguieron a través de un trabajado talento musical.
Mi caso no es el del típico fanático ochenteno, sino algo más extraño. Cuando chico, escuchaba sus canciones en la radio, sin saber mucho ni entender de que se trataba. En medio de una familia de corte conservador – pinochetista, el que el cabro chico revoltoso escuchara a Los Prisioneros, era algo que sólo podían tomar para la risa.
Pero el cabro chico creció, comenzó a definir sus preferencias en muchos sentidos de la vida, y en el aspecto musical, el trío de San Miguel fue uno de los más importantes en esta historia. Con catorce o quince años, ya no era extraño que anduviese todo el día pegado escuchando temas como Sexo, Quien mató a Marylin o La voz de los 80. Y pese a que el grupo se había disuelto hace harto rato, era de los que soñaba con volver a verlos, aunque fuera en Viva el Lunes tocando juntos.
Y el sueño se cumplió en noviembre del 2001. “Parece que tenía que terminar la década de los noventa” bromeó Jorge González. Es un recuerdo que tengo grabado... No fue un día cualquiera. Fue el día en que murió George Harrison. El mismo día en que un sujeto de apellido Miño se quemaba en la Plaza de la Constitución, el mismo al que tiempo después Los Bunkers dedicarían un conocido tema. Una calurosa tarde de viernes, caminando por Pedro de Valdivia junto a la Bárbara. Ya dentro del estadio, sentados en la cancha, esperando largas horas, hasta que puntualmente aparecieron sobre el escenario Jorge, Miguel y Claudio. Después de más de 10 años, juntos otra vez y yo estaba ahí para verlos.
La primera canción que me aprendí de Los Prisioneros se llamaba Paramar, y aquella noche, bajo una luna llena que completaba un perfecto escenario de antorchas, la canté con toda la fuerza de un cabro chico que había soñado muchas veces con ese momento. Es hoy mi canción preferida, que marca el recuerdo de un gran momento, y que me devuelve los recuerdos de un lugar como si fuese ayer... Son Los Prisioneros... es Paramar.